Duele, porque eres experto en abrirte la piel mientras
alguien te intenta salvar la vida.
Claro que sabes como correr en medio de las tragedias, que
escapar siempre ha sido tu salida favorita.
Claro que no ibas a irte sin antes disparar tu bala más
profunda, duele que no contarás con que cara de la moneda iba a irme.
Que si, duele, pero no duele tu partida, lo que más duele
son tantos años invertidos, que terminaron en la basura, como tu ego y mi
corazón.
Duelen los días de febrero, me duelen las manos desde que
ya no las enredo en tu cabello, me duelen los parpados desde que ya no estás
para darles un beso.
Me duelen los labios resecos desde que tu saliva resbala
por otros cuerpos, me duele como nunca el pecho y me duele como siempre el
alma.
Me dueles como desde hace mucho me venías doliendo.
Y es una lastima no haber sido consciente de tremendos fantasmas
que por miedo a la soledad cargamos tantos meses en la espalda.
Es una lastima voltear al pasado y tratar de sonreír por
las primeras citas, los primeros besos, las primeras cartas, las primeras
promesas… Para después tropezarme con las primeras mentiras, las primeras
peleas, las primeras promesas que nunca cumpliste, las primeras veces que nunca
te dije adiós, mientras tú venías y volvías como quien sabe que está a besando su
propio karma y aún así le hace el amor esperando que venga la tormenta completa.
Eso fuimos tú y yo, una tormenta preciosa.
Una catástrofe enorme que no tenía medida en la escala
fujita, así de grandes, así de nada, así de todo, así de tontos.
Eso fuimos, si es que algún día el verbo juntos, se conjugo
en nosotros.
Duele, quema que tu boca nunca fue solo mía, pero mi cuerpo
siempre supo navegar sin ti, que de mejores mares me he ido y si me seco por
momentos vuelvo a llorar para reconstruirme una vez más, que siempre tengo a la
poesía como plan: B.
El A eras tú, pero como es de costumbre: Llegaste demasiado
tarde.
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